El Ave Fenix

EL AVE FÉNIX
Ave mística ayúdame a surgir de las cenizas
Preseinto mi existencia cotidiana hecha trizas
Levantar con fuerzas mis alas ya no puedo
Ardiendo quedaron vencidas en mortal fuego
Mi refugio se convirtió en introvertido miedo
Todos creen en mis apariencias que antecedo
Fortaleza irreal la vida en soledad se marchita
Y lentamente la voluntad de vivir se debilita
Cansancio terrenal ambigüedad de la vida bella
El dolor insospechado con crueldad nos atropella
Entre espinas punzantes de rosales que estremecen
Lágrimas curativas como las del Ave eternal florecen
Contrasentido de la risa asoma la tristeza
Una vez más golpea el desanimo con torpeza
El Fénix no puede volver de las cenizas a resurgir
Son graves sus heridas del tiempo para combatir
Ni el incienso, ni la mirra entre sus ramas
Harán nacer de nuevo la belleza de sus amalgamas
La larva nueva pereció antes de llegar al santuario
Y el sol apagó sus rayos para aliviarle el calvario
Análoga es la vida en pugnas de las postrimerías
Decaer y revivir desafiando tenaces cobardías
Mitológico destino equivalente al constante desafío
 Resurgir placentero lo proverbial a suponer confío

María Cristina Garay Andrade
Monte Grande - Buenos Aires - Argentina


EL AVE FÉNIX (MITO HISTORICO)

Cuenta un antiguo mito griego que el Fénix era un ave fuerte y poderosa, del tamaño de un águila. Vivía en medio oriente, entre la India y Egipto. Su deslumbrante plumaje era amarillo, azul y rojo y brillaba con el resplandor del fuego. Pero lo que lo convirtió en leyenda no fue su belleza sino su capacidad de renacer una y otra vez de sus cenizas. El Fénix era inmortal. Cada 500 años se consumía a través de una hoguera de la que emergía nuevamente, joven y fuerte. Se le atribuían también numerosos dones, como el de curar con sus lágrimas.
Aunque claro, nadie había visto jamás uno. Algunas crónicas citan que en tiempos del emperador Claudio se corrió el rumor de que un auténtico Fénix había sido capturado en Egipto. Muy pocos lo creyeron.
La tradición cristiana retoma este mito ubicándolo en el Paraíso Terrenal. Según esta versión, el ángel que expulsó a Adán y Eva del Edén lo hizo blandiendo una espada de la que brotaban chispas, y una de estas chispas prendió en el rosal donde anidaba el Fénix, consumiendo al ave y a su nido. Pero por haber sido el único animal que se había negado a probar la fruta prohibida, Dios lo recompensó concediéndole numerosos dones. Entre ellos, la capacidad de renacer de sus cenizas.
Según San Ambrosio, el Fénix se consume bajo la luz del sol, y no resurge con aspecto adulto sino como una larva que se refugia en un huevo hecho de ramas, incienso y mirra hasta que emerge para surcar los cielos con su majestuosa belleza. Esta interpretación está emparentada con la de algunos estudiosos griegos, como Heródoto, Epifanio o Plinio el Viejo. Estos autores explicaban que el cuerpo del Fénix, al descomponerse tras su muerte, generaba una larva que al crecer lo suficiente transportaba el cadáver de su padre hasta Heliópolis (antiguo Egipto) y lo depositaba en el altar del templo del sol. Según los registros del templo, el ritual se repetía con exactitud cada 500 años.
Pero más allá de sus diferentes versiones, algo es seguro: el mito del Fénix dice mucho sobre la esperanza humana de creer que la inmortalidad, es posible.

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